Fantasmas

Fantasmas, de Marina Berri
ISBN: 978-987-47294-3-9
124 páginas
Foto: Melisa Fernandez Csecs

“La maestra ya había borrado el esqueleto de jilguero y los adjetivos huesudos y en el pizarrón quedaron, embrollados con tiza, distintos nidos de animales. Qué raro ser un pichón y, durante una mañana fría, asomar la cabeza por el borde del nido para tragarse una lombriz”.
Huérfanos, Dolores y su hermano Luis viajan a la casa de un abuelo lejano, en una región donde el tiempo vacila y los fantasmas no reconocen a sus propios hijos.

Marina viene de premio en premio. En 2019 recibió el segundo premio de la Fundación El Libro por el libro de cuentos Arvejas negras (próximamente en Dábale Arroz) y en 2017, el tercer premio por Antes de África. En 2015, su cuento “Proyecto Gógol” ganó el primer premio en el Concurso Haroldo Conti. Es doctora en Lingüística. ) .

Un fragmento de la novela (de la página 53 a la 57):

*

Dolores se levantó temprano. Alma ya estaba planchando en la cocina. Olía a pan y a levadura. Barón se había despertado antes y dormitaba cerca del fuego. Hacía frío. Alma avisó que era el primer día de invierno y que afuera había garrotillo. ¿Garrotillo? Alma se corrigió: aguanieve. La casa igual estaba tibia, excepto en los lugares en los que había hendijas: Dolores pasaba delante de la biblioteca, o frente al espejo del baño, o se paraba en el descanso de la escalera a ver el cuadro de una señora, y sentía un escalofrío que duraba hasta que se movía un poco. Con correrse un paso alcanzaba: el cuerpo y la casa recuperaban la temperatura normal.

Alma calentó agua para el té. Dolores dijo que ella se lo podía hacer sola —le gustaba la idea de abrir la lata de hebras y ponerlas adentro de un colador, pasar el agua hirviendo, verla teñirse y después hundir los hilos pegajosos de miel hasta que el té quedara dulce y oscuro—, así que caminó hasta la canilla y llenó una pava grande y pesada. La acomodó sobre el horno, arriba de donde se cocinaba el pan.

Sobre la mesa reposaban tres tazas chinas. En las tazas había una plantación de arroz dibujada con colores pasteles. La señora del kimono verde, que contemplaba el arroz con los ojos entrecerrados, se movía de a ratos, como si estuviera a punto de dormirse. Corría una brisa que ondulaba tanto las espigas de arroz como el rodete de pelo. Dolores tuvo ganas de tocar la taza con el té adentro para sentir a la señora tibia.

La plancha de Alma hacía juego con la pava. Era, también, oscura y pesada. Al principio Dolores pensó que desarrugaría la ropa solamente por el peso, pero cuando miró mejor vio que tenía agujeros en los que resplandecían brasas. Alma planchaba una camisa y, después de terminar una manga o el cuello, agitaba la plancha para avivar las brasas. Entonces planchaba el aire.

Entre las brasas estaba acurrucado Hugo.

Alma le pidió a Dolores que mientras se hacía el té fuera a buscar los huevos al gallinero para el desayuno del señor.

El señor era el abuelo.

Desde que habían llegado lo único que comía el abuelo eran huevos. Huevos poché, huevos revueltos, omelettes —que era un nombre que disfrazaba y revolvía el contenido, pero que en el fondo no tenía más que huevo—, huevos duros, huevos a la plancha y huevos fritos.

Alma le dio instrucciones precisas. El gallinero quedaba pasando el establo. Más tarde podía ver a los caballos, si quería, pero ahora necesitaba los huevos. El señor era un hombre puntual y se levantaba con hambre.

Claro. Debía darle hambre andar merodeando por otros mundos y asustar a la gente.

Alma no se dejó distraer por los pensamientos de Dolores y le explicó que en el gallinero había varias gallinas. Tenía que buscar una pinta, de color gris y gesto ajado, bien flaca. Pluma y hueso. Julia —ese era el nombre de la gallina— se iba a hacer la dormida; Dolores debería acercarse y molestarla igual. Julia iba a cacarear y hasta inclinarse para simular que la picoteaba. Pero era puro cloqueo, nunca picaba a nadie. Cuando la gallina terminara de protestar, debía sacar los huevos y ponerlos en la canasta —Alma cambiaba la plancha por la canasta, Dolores trató de adivinar en qué se parecían los huevos a las brasas— debajo de un repasador. Después había que revisar los otros nidos y juntar lo que hubiera, pero lo importante era la gallina pinta, porque Pascual podía comer solamente de esos huevos. Los de las gallinas marrones le daban insomnio, los de gallina blanca lo deprimían. Los de Julia le caían perfecto.

Dolores se preguntó con un retorcijón de remordimiento si serían los pollitos de Julia los que habían cenado ayer a la noche.

El agua hirvió. Dolores puso rápido las hebras en la tetera.

Alma le dijo que se abrigara bien. En la mesa había una bufanda, un gorro y un saco de lana, todos rojos.

*

Afuera los abetos no se movían: la niebla, una telaraña que tejía la luna de noche, mantenía las hojas fijas, apenas las dejaba respirar. Dolores sintió una gota fría de aguanieve en la mano y después otra. Hasta ayer, desde la ventana esos abetos eran álamos. Se habían achaparrado. ¿Los abetos no eran acaso árboles de montaña? Tal vez habían sido ellos los que habían traído el frío y las gotitas de nieve.

Pasó por el establo. La puerta estaba cerrada. No se oían relinchos pero había olor a heno y a alforjas transpiradas. Dolores siguió sin detenerse a investigar.

El gallinero era una construcción modesta, al costado de la tranquera. Las gallinas aletearon al escuchar el crujido de la puerta. Adentro era triste como una casa de gente pobre. Podrían haberles puesto por lo menos una vela, o una cruz. Las gallinas tenían algo de las personas que van a misa, quizás porque se apilaban en los nidos. Julia estaba acurrucada en el nido de atrás. Fingía dormir. ¿No cuidaría huevos ajenos para salvar los propios? Debía ser frustrante que siempre le quitaran sus pre-pollitos.

Le pidió que se corriera.

Nada.

Dio una vuelta por el gallinero. Las otras gallinas eran más amables: se asustaban y se movían y ella podía juntar lo que quisiera. Volvió cerca de Julia. Las pintas eran raras, se había imaginado un plumaje moteado, pero era tan regular que la gallina tenía algo de arlequín.

Dolores buscó un palo. Al tocarla Julia abrió los ojos. Cacareó: no le quedaba otra protesta, aletear implicaba descubrir parcialmente los huevos. Después volvió a acomodar la cabeza en las plumas. Dolores la tocó de nuevo, esta vez más abajo para obligarla a salir. Julia soltó un cacareo largo, de indignación.

El gallinero estaba tibio y el nido debía ser todavía mejor.

Dolores se hizo la disimulada, dio una vuelta, se acercó a las gallinas blancas. Después volvió a Julia.

No había manera de sacar los huevos sin meter la mano y arriesgarse a un picotazo. A quién se le podría haber ocurrido ponerle Julia: era imposible no pensar en ella como en una persona.

En una esquina brillaban unos granos de maíz. Los tiró cerca.

Nada.

Fueron las otras gallinas las que vinieron a ayudarla. Cuando vieron que tenía maíz, cloquearon cerca de Julia. Eso alcanzó.

Julia agitó la cabeza ofendida, pero al ver que las seis gallinas —dos blancas, tres marrones y una negra— respetaban a la extraña se fue llena de rencor a una esquina.
Dolores aprovechó para sacar los huevos y ponerlos en el fondo de la canasta. El gallo, con la cresta esa roja que parecía un colgajo mustio, la vigilaba. De todas maneras no le importaban demasiado los huevos. Antes estaba agazapado. Ahora perchaba estirando el cuello.

Dolores tiró el maíz que le quedaba y salió corriendo del gallinero.

La vida láctea

La vida láctea, de Cris Zurutuza
ISBN: 978-987-47294-2-2
160 páginas
Foto: Gianni Mestichelli

“Cuando se hace vox populi la invasión de tordos, el Negro Vílchez trae un gavilán. La incorporación de este animal a nuestra vida sigue la lógica de las soluciones que encontramos acá en La Suprema. Siempre vamos de mal en peor”.
Metida de prepo en la lucha por el poder, Vero se juega por los ideales. Aunque impliquen acompañar las reformas delirantes del heredero menos pensado, contra
el directorio y el sindicato.

Cris escribe ficción desde las épocas en que iba al taller de Alberto Laiseca. Esta es su primera novela, con el mismo espíritu de crónica que aparece en sus cuentos.

Un fragmento de la novela (de la página 88 a la 92):

*

Por lo menos es viernes y vine en auto para llegar más rápido a casa. Es increíble que ya estemos a fines de mayo. Oscurece temprano. A las cinco y media, cuando salimos de la oficina, cae el sol. Arranco el motor y lo dejo que tome un poco de temperatura. No me dan las fuerzas para meter el cambio. Siento frío. Tengo el cuerpo contraído, las manos arrugadas; congeladas. Prendo la radio para darme ánimo. Me resta atravesar el camino de salida; sobrevivir a los tordos y al bicho ese que trajo de mascota el Negro Vílchez.

Las ruedas van patinando en el barro que hay en el acceso. Todavía no se fue del todo el agua de la inundación. La tierra seca que junté en las gomas cuando entré a la mañana ahora se desprende y golpea el guardabarros. Suena como si me tiraran piedras en el paragolpes y yo fuera en un barquito por un lago de chocolate. Si me llego a tener que bajar y el pájaro guardián me ataca, puede que nadie se entere y me encuentren muerta al otro día; devorada por los carroñeros. Me da un poco de risa la imagen. Siempre me hizo gracia la decadencia.

Llego como puedo al Acceso Oeste y me sumo a la caravana de los que van hacia la capital. La música de la radio por lo menos está bien. Annie Lennox canta tan genial que yo pienso que afino cuando le hago los coros. A poco andar, un taxista toca bocina y me saca de tema. Hace señas de luces. Lo saludo. No entiendo qué dice. No creo que esté puteando. Tengo prendidas mis luces cortas. A simple vista está todo en orden. Después de unos kilómetros, otro conductor, del lado del acompañante, me señala cuando se pone a la par. Miro si tengo mal cerrada la puerta o el cinturón quedó colgando del lado de afuera. Nada. Sigue su marcha.

El tercero toca bocina, bajo la ventanilla y lo miro.

—Flaca, tenés una cubierta en llanta.

Le agradezco el aviso. Buenísimo, ¿y ahora qué hago? Si ya llegué hasta acá, no voy a parar ahora o tirarme a la colectora, que es peor que ofrecerme de carnada al bicho de la fábrica. En este lugar me desvalijan en un minuto.

Sigo andando, más despacio, con las balizas. Ahora sí noto al auto inestable, desequilibrado, lento. ¿Cómo no me di cuenta de nada? En la primera salida me tiro a una estación de servicio. Parece una gasolinera del Far West. Qué pretendía. Estoy en el lejano Oeste, de la provincia de Buenos Aires. No anda nadie y hay una única luz en el local donde venden bebidas.

Paro lo más cerca posible del negocio y le pregunto al que atiende si funciona la gomería. Me dice que sí, pero que después de las siete de la mañana. Adentro hace más frío que en la playa de estacionamiento, porque está más concentrada la humedad. No sé cómo soporta. Le pido un café y me lo llevo al auto. Revuelvo la guantera y cuando por fin doy con los papeles, llamo al auxilio mecánico.

Primero me recibe una grabación, con música robótica y de tarjeta postal china. Me dejan esperando “a que los operadores se desocupen”. Por fin me atiende una fulana, tan autómata como la grabación. Me empieza a pedir datos, casi hasta el grupo sanguíneo: patente, número de chasis, nombre del titular, DNI, color del auto, dirección donde estoy —buena pregunta, qué sé yo dónde carajo estoy—, número de carrocería, que lo tengo grabado en las puertas. Agrega que dentro de los ciento veinte minutos llega el móvil y que tengo que permanecer dentro del auto. ¿Dos horas?

Obvio me voy a quedar adentro, ¿adónde voy a ir? Corto al borde de las lágrimas. Me termino el café de un sorbo.

Una puntada insoportable me invade el abdomen. No puede ser que justo ahora me vaya a descomponer. Maldigo el colon irritable. Respiro más lento para ver si pasa, pero los retorcijones son como contracciones. Ya desesperada me bajo del auto para ir al baño. Me lanzo sobre la puerta que dice Damas, medio despintada. Reboto; está cerrada con llave. Voy otra vez con el pibe del barcito. Debo tener cara de desesperación. Le pido la llave.

—Señora, está clausurado, pero puede entrar al de hombres.

Doy media vuelta. Ya no me importa. No puedo pensar del dolor de panza. Llego a la velocidad de la luz, sin fijarme si hay algún tipo adentro. En cuanto entro me invade un vaho dulce. Huele a pis rancio. Le echo una mirada al primer inodoro, empujo con el pie la puerta que está entrecerrada. Imposible. Paso al segundo, y me echo atrás. Ese inodoro está detonado, como si una bomba de excrementos hubiera explotado en alguna guerra de hace décadas. Ya sin opciones, y sin tiempo, me paro en la puerta del tercer cubículo. El inodoro es como un volcán en el medio de un lago. El piso está mojado. Calculo si puedo llegar de una zancada a poner el pie sobre el tubo de un rollo de papel higiénico tirado en ese asco de base. Estiro la pierna, toco el cartón con la punta del zapato. No llego. Los retorcijones no me permiten reflexionar mucho más, creo que si no resuelvo este malestar ya, me va a bajar la presión. No hay otra que sumergirse en ese lago amarillento y espeso. Con lo que me queda de lucidez, se me ocurre una idea que si bien no parece brillante, tal vez evite mojarme los pies en el caldo nauseabundo. Levanto la pierna izquierda y dando una patada apoyo el zapato en el borde izquierdo del inodoro. Tomo aire, y con la fuerza que me permite la exhalación, paso la derecha más allá y la apoyo en el otro borde. Tuve que fijar la mano en el depósito del baño, para no perder el equilibrio. Como le falta la tapa, el filo de la ventana de cemento rugoso me humedece los dedos. Quedo parada sobre la loza y luego voy doblando las piernas hasta quedar en cuclillas. De fondo, escucho el eco del rugido del motor de unos camiones por la autopista y la pérdida de agua de una canilla. El resto es silencio. A esta altura me olvido de la elegancia. Vuelvo a sentirme bien después de unos minutos. Dejo que todo suceda, sin intervenir. Los latidos del corazón se van calmando. Me pongo de pie otra vez, ahora apoyada en la pared grasosa y tiro del alambre con forma de gancho que supo estar unido a un botón. El depósito libera muy poca agua. No se me ocurre cómo dejar el baño en buenas condiciones. ¿Buscar un balde y tirarlo?, ¿comprar un agua mineral y vaciar su contenido en él? No, es demasiado. Recurro a una acción más universalmente aceptada. Empiezo a desplegar los pañuelitos descartables que me quedan. Armo un bollo con forma de nube entre las manos. Lo suelto dentro del inodoro. Agradezco que no haya nadie más que yo. Si hubiera escuchado algún ruido tal vez me hubiera dado pudor salir de este único baño utilizable. Salto hacia el lado de la puerta de salida y logro llegar a la zona seca. Me acerco al lavatorio que tiene la pérdida de agua, que de tanto pasar ya dejó un surco de óxido en la bacha. Estiro mi camisa hasta los dedos, para no tocar la canilla. Intento abrirla más, pero está falseada. Dejo que se mojen un poco los dedos y me los seco en el pantalón. Espero que la campera no haya tocado la pared cuando estaba en el baño. Me voy lo más rápido posible. Regreso al auto. Ya es noche cerrada.

Juicio a las diez

Juicio a las diez, de Eduardo Abel Gimenez
ISBN: 978-987-47294-1-5
140 páginas
Foto: Natalia Méndez

“La mujer de la terraza había quedado en la terraza, y tal vez no fuera posible encontrarla en otro sitio, reconocerla, huir de ella como había huido antes”.
El día empieza con un hallazgo que perturba. A partir de ese momento, cada paso es una lucha entre el deseo y lo posible, mientras los recuerdos hacen fila para volver ennegrecidos.
Juicio a las diez obtuvo el segundo premio de novela del Fondo Nacional de las Artes.

Dice Eduardo: «El dato exótico es que la escribí en 1988. No quiso ser una novela de época, pero transcurre en aquel presente y se ven en las descripciones y actitudes los treinta años que pasaron. Lo más obvio: nadie tiene celular; hay teléfonos públicos en la calle. El narrador lee Clarín en papel; usa los ceniceros de los cafés».

Este es el primer capítulo, de un total de doce:

1

Me despertó la combinación habitual de ruidos de la calle y molestias en el cuerpo. El mundo hacía fuerza para entrar por la ventana cerrada, atravesando persiana, vidrio, cortinas; era grande el mundo, era importante, me envolvía como una bolsa de plástico y me impedía respirar. O no, tal vez fuese mi propio cuerpo: la cabeza, el cuello, los hombros, la espalda, la cintura, el pecho, las muñecas, que reclamaban un cambio de postura. Nada era fácil. Un dolor y el zarpazo de un auto que pasaba se reunían en la misma punzada de infelicidad. Todo mezclado, el adentro y el afuera. Estaba en la telaraña del comienzo de un día, el pago por no haber dormido bien, solo en la cama de dos plazas, a punto de abrir los ojos.

El policía de enfrente tocó el silbato: un puntapié largo, una bota clavada en el cerebro. Trataba de impedir que alguien estacionara frente a la casa vecina a la comisaría. Junté coraje y me di vuelta, para reducir el dolor de espalda. El primer movimiento del día.
Y el último de la noche: tuve aún un sueño a medias, un sueño casi deliberado en el que subía en ascensor con un hombre de flequillo. Los dos íbamos al mismo piso. Ya en mi piso, casi a oscuras, el hombre sacaba un revólver para apuntarme y me obligaba a abrir la puerta del departamento. Mientras esto ocurría, yo meditaba sobre el sueño: calculaba si un ladrón podía actuar de ese modo, o si lo que estaba inventando era imposible. Pero el ladrón no me daba tiempo para llegar a una conclusión; desconectaba la computadora, se la ponía bajo el brazo, me obligaba a agarrar el monitor y allá íbamos los dos, otra vez al ascensor, cuesta abajo.

El ladrón tenía una camioneta en la puerta; la computadora y el monitor ya estaban adentro, pero el portero no aparecía para salvarme. Solo me quedaba aprovechar algún descuido del hombre de flequillo y esconderme atrás de un auto, a la vista de la comisaría. Un grito dirigido al policía que enseñaba las artes del buen estacionar: “Me roban. Ahí. El de la camioneta”. Disparos. El policía cayendo al suelo. Vidrios rotos. El ladrón tendido en la calle.

Moví las manos en abanico hasta que las muñecas crujieron y la tensión bajó. La cintura estaba disconforme con la nueva posición.

A pesar de lo avanzado del otoño, hacía calor. La colcha había ido a parar a los pies de la cama, para hacerles compañía a la frazada y la cera sin lustrar del último miércoles. Como de costumbre, probé la voz:

—Ah.

Y de nuevo, más fuerte:

—Ah.

Bien o mal, las cosas tomaban forma. Ahora sí, faltaba abrir los ojos para crear el mundo. La excusa era mirar la hora: que necesitara saberla ya implicaba un punto sin retorno. Abrí los ojos, entonces, orientando el brazo para que la claridad que atravesaba la persiana iluminara el cuadrante del reloj. Las nueve y media. Me iba a comprar un despertador. Pero primero debía ir a trabajar y resolver toda clase de problemas que la mañana me traía.

Los ojos quedaron abiertos. Me puse boca arriba y torcí la cabeza hacia la derecha, un poco para aliviar el dolor del cuello y otro poco para medir la distancia al velador, al atado de cigarrillos y al cenicero. Me llamó la atención un papel tamaño esquela, pinchado con un alfiler en la puerta del placard. Tenía algo escrito.

Aún no estaba del todo lúcido, así que hice las cosas de manera complicada: manteniendo los pies bien anclados en las sábanas, moví la cabeza y los hombros fuera de la cama, apoyé la mano derecha en el piso y me estiré en dirección al placard. Exageraba los movimientos para sacar los músculos del pantano; ellos no se habían despertado. Sentí crujidos, acomodamientos repentinos, alivios y protestas, todo en mi interior. Pero pensaba más en el papel. Y en la ola de temor que había tratado de imitar soñando con el ladrón, sin conseguirlo, pero que ahora se me instalaba alegremente en el pecho. La nota decía:

JUICIO A LAS DIEZ

Volví a mirar la hora. Las nueve y treinta y dos.

—Queda poco tiempo —pensé. Y enseguida—: ¿Poco tiempo para qué?

Me acomodé en la cama. Puse la otra almohada encima de la mía, me alcé un poco y apoyé la cabeza en posición de pensar. Empezaba a tener reacciones más diurnas que nocturnas, más de estar consciente que de seguir durmiendo. Pero la nota complicaba todo, impedía el desarrollo lento y ascendente de ese nuevo bienestar que finalmente me llevaría a levantarme y empezar de veras el día.

Estaba escrita a mano, con la letra desprolija de un diestro que escribe con la izquierda para disimular su identidad. Tenía varios agujeros en la parte superior, como si hubiera sido difícil pinchar el alfiler en la madera. El señor Spock habría dicho que no era lógico. Yo no esperaba ningún juicio, y menos a las diez.

Olvidé el primer cigarrillo del día, y con el cigarrillo otras rutinas previas a la puesta en marcha. Me levanté antes de lo acostumbrado, poniéndome un short y pantuflas, moviéndome con una torpeza diferente de la habitual, frotándome un ojo por vez para mantener el otro en guardia. Me sostuve en puertas y paredes y entré al baño.

Los ruidos de la calle me siguieron sin ganas.

El espejo del botiquín estaba en uno de sus días amables, de modo que lo miré un rato. Después fui a buscar los cigarrillos y los anteojos a la mesa de luz, dándole la espalda a la nota del placard; levanté la persiana del dormitorio y la persiana del living; tosí dos veces; recogí el diario, que el portero pasaba todos los días por debajo de la puerta. Solo quedaba la nota para estorbar mi reingreso al planeta de los demás.

Y la caja de cartón azul, en el escritorio de la computadora.

La jarra de café amenazaba con un líquido de cierta edad, así que la ignoré. Me serví un vaso de agua, agarré el paquete de bizcochos, dejé ambas cosas en la mesa del living, junto al diario, y saqué de la heladera el frasco de mermelada de naranja. Me atraía más el atado de cigarrillos, pero resolví hacer un esfuerzo por no fumar antes del desayuno. Respiré todo lo hondo que pude y sonreí, recordando lo que había leído una vez: reír sin motivo, a propósito, ayuda a mejorar el ánimo.

Sobre la mesa había un ejemplar de Clarín del 29 de febrero. Semanas después de su aparición, ese ejemplar seguía sobreviviendo. Me gustaba conservarlo: era igual a todos los otros números de Clarín, repetidos día a día sin mayores variantes, pero la vejez le daba un encanto especial: me divertía comprobar los contrastes en aumento entre la realidad de ese diario y el presente, visibles sobre todo en la sección meteorológica.

Como siempre, me tentó más la reliquia del 29 de febrero que el montón de papel recién procesado en la imprenta. Sentado ante el desayuno, estudié las noticias que conocía, las mismas que se habían repetido día a día, sobre mi mesa, descripciones de un mundo más monótono y a la vez más consistente. “Emotivo empate de Ríver con Español”, decía un titular, al pie de la primera plana: era uno de los pocos misterios que me quedaban por develar en ese ejemplar amarillento. Mientras comía un par de bizcochos ya untados con mermelada me entretuve leyendo la lista de farmacias de turno. Todo valía para no volver a pensar en la nota del placard, para olvidar la caja de cartón azul. Luego, por fin, encendí un cigarrillo.

Un movimiento involuntario del brazo consiguió que la luz diera de tal modo en el reloj que su reflejo me hirió los ojos. Óptica: materia compleja. Eran las diez y cinco. Había pasado la hora anunciada en la nota del placard, y yo sin darme cuenta. Pero hacía falta más para tranquilizarme: comprendí que la nota no se refería a las diez de la mañana, sino a las diez de la noche.

—Queda mucho tiempo —pensé. Y enseguida—: ¿Mucho tiempo para qué?

Fue en ese momento que decidí no ir a trabajar. La situación era lo bastante insólita como para llamarla emergencia. Tenía derecho a emplear el día en averiguaciones sobre la nota del placard, en prepararme para lo que fuera a ocurrir a las diez de la noche, en pensar otras cosas que las cosas artificiales y ajenas del trabajo. Sin embargo, el razonamiento que me llevó a decidirlo no anduvo por esos caminos, sino por otros más tortuosos: era demasiado temprano para ir a trabajar, pero yo tenía ganas de salir ya mismo del departamento, y no tenía sentido ir a trabajar a esa hora; entonces debía salir en otra dirección, con lo cual gastaría la única salida matinal que soportaban mis fuerzas; por lo tanto, no me quedaría ocasión de salir para ir a trabajar. En cuanto a las ganas de irme, se debían a una sensación creciente de que el departamento nos quedaba chico, a la nota y a mí; uno de los dos sobraba, y era yo quien necesitaba aire, era yo quien encontraba demasiado estrecho el sitio para tanta necesidad de explotar.

Dejé en el cenicero el cigarrillo encendido, cerré el diario del 29 de febrero, lo apilé sobre el nuevo y volví al dormitorio. Los restos del desayuno quedaron en la mesa, como signos de un pequeño combate. El mismo policía de antes sufrió otra vez el disparo de su reflejo condicionado y tocó silbato; alguien, a bordo de un auto, aprendió algo nuevo. En tanto, indiferente a todo, la construcción de enfrente, casi vecina a la comisaría, emitía martillazos y ruidos confusos, de radio mal sintonizada.

Me vestí sin mirar la nota del placard, eligiendo ropa no del todo limpia pero tampoco sucia, adecuada para faltar al trabajo. No pude evitar un roce con el alfiler cuando abrí la puerta corrediza para sacar una camisa, y un segundo roce al cerrarla. La nota se agitó con el movimiento, un aleteo en el borde de la percepción; me gustó someterla a ese tímido maltrato.

Como de costumbre, los dolores del despertar habían desaparecido. Quedaba apenas una molestia en la nuca, debida tal vez al cansancio de la vista y al hecho un poco absurdo de que el centro visual esté allá atrás, en la retaguardia del cerebro. Hice una inspección rápida por el departamento y dejé todo como estaba. Agarré los cigarrillos, me aseguré de tener los documentos conmigo y salí al balcón para observar el lado de afuera de las cosas.

Rinoceronte y otros especímenes

45.000 caracteres, agrupados en casi 8.000 palabras. Muchas horas de diseñar en computadora, de buscar cajas adecuadas, papeles, gomitas y otros implementos. 850 hojas impresas de ambos lados, 150 etiquetas de tres estilos diferentes. 600 esquinas redondeadas con el aparatito redondeador de esquinas…

Todo eso para poder presentar nuestro nuevo título: Rinoceronte y otros especímenes, 17 cuentos de Eduardo Abel Gimenez, con huellas y pasos de baile por Natalia Méndez.

La primera edición es de cincuenta ejemplares, numerados y firmados por el autor.

Los cuentos vienen en rollos de papel, dentro de cajas.

Todo hecho a mano, como si hiciera falta recordarlo.

Muy pronto en los verdaderamente escasos lugares de venta al público con los que solemos contar.